Hace poco volví a completar la historia de The Last of Us Part II y terminé acordándome de una de las polémicas más grandes alrededor del juego: la venganza de Ellie.
A estas alturas ya no debería considerarse spoiler, pero todo gira alrededor de la muerte de Joel. Y es curioso cómo, incluso después de morir, sigue siendo el personaje que mueve toda la historia. Joel nunca fue exactamente una buena persona. Sus decisiones siempre fueron moralmente grises, incluso desde el primer juego. Aun así, empatizamos con él por algo mucho más simple: la relación que construyó con Ellie.
Por eso su muerte no solo rompe a Ellie. También rompe al jugador.

Un cambio de perspectiva
Durante gran parte del juego, The Last of Us Part II convierte el dolor en dirección. Todo apunta a encontrar a Abby y hacerla pagar. El juego quiere que el jugador sienta odio, y por eso resulta tan incómodo controlarla después.
El choque aparece precisamente ahí. Pasamos de perseguir a Abby a recorrer su historia, ver a sus amigos, su relación con Lev y esa búsqueda desesperada de algo parecido a esperanza en medio de un mundo que ya parece destruido para todos.
Pero mientras más avanzamos, más evidente se vuelve el ciclo. Abby pierde gente cercana igual que Ellie. Ambos lados siguen acumulando dolor hasta llegar al enfrentamiento final entre las dos.
Y curiosamente, es Lev quien termina rompiendo esa cadena por un instante. Funciona como una especie de último recordatorio de que todavía existe algo más allá de la venganza.
Una manipulación narrativa
El juego manipula al jugador igual que manipula a Ellie. Nos empuja hacia una obsesión que cada vez se siente menos satisfactoria, y creo que ahí es donde mucha gente terminó rechazando el final. Porque The Last of Us Part II nunca estuvo interesado en hacer sentir bien al jugador ni en convertir la venganza en recompensa.
La tragedia de Ellie no es que no mate a Abby. Es que sacrifica absolutamente todo antes de entender que hacerlo no iba a devolverle nada. Pierde a Dina, pierde gente cercana e incluso pierde la capacidad de tocar la guitarra: la última conexión física que le quedaba con Joel.

Y viendo todo eso otra vez, terminé acordándome de War for the Planet of the Apes.
Una narrativa similar
César pasa por algo muy parecido. Ambos personajes empiezan movidos por el dolor y terminan consumidos por él. César empieza a parecerse cada vez más a Koba, mientras Ellie se va vaciando emocionalmente conforme sigue avanzando.
Lo interesante es que ninguna de las dos historias romantiza realmente la venganza. No la muestran como triunfo ni como catarsis, sino como algo que termina desgastando a quien la persigue.
En War for the Planet of the Apes, César entiende que seguir ese camino lo acerca más al Coronel que a sí mismo. Y aunque logra cumplir su objetivo, termina completamente roto por el proceso. Con Ellie pasa algo incluso más cruel. Cuando finalmente tiene a Abby frente a ella, entiende demasiado tarde que seguir adelante no la acerca más a Joel.
Porque el recuerdo que aparece no es el de Joel muriendo. Es el de Joel vivo, vulnerable y humano.

Y recién ahí puede soltar.
Quizás por eso el final molestó tanto. Después de alimentar durante horas el odio del jugador, el juego se niega a convertirlo en satisfacción.
Al final, lo único que queda no es victoria, sino cansancio.
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